24 ene 2017

New Generations #013. Balas (parte 1).

-¿En serio este chico va a ser mi contrincante? -no pudo por menos sorprenderse el Mandarín-. Pensaba que esto iba a ser un reto real, que obtener el poder de un dios iba a ser una tarea que exigiese todo de mí, pero ya veo que no…
-Nuestro benefactor no nos envió aquí por la dificultad, sino por su propia curiosidad, Mandarín -le recordó Fisk-, aunque creo que haríamos mal en subestimar a estos muchachos.
-Por favor, Kingpin, va a ser tan aburrido, que creo que voy a hacer algo que hacía tiempo que ni pasaba por mi mente.
En aquel momento, el Mandarín se quitó sus anillos y los guardó dentro de la manga de su amplia túnica, dorada por el efecto del poder del dios persa de la guerra. Era por todos sabido que aquellos ornamentos eran la principal fuente de poder del Mandarín. Con ellos, había sido capaz de vencer al ejército chino sin ayuda. Sin embargo, también era de sobra sabido que él era uno de los mayores expertos en artes marciales del planeta, y que sus poderosas y callosas manos eran capaces de destrozar la armadura de Iron Man con poco esfuerzo. Aquel hombre era una máquina de matar, una con muchos años de experiencia.
Por otra parte, teníamos al pelirrojo David Stone. Poco se sabía del pasado de este ex-pandillero de la Cocina del Infierno, pero subestimarle podía ser un error garrafal.

La infancia del joven Stone no fue la más colorida del mundo. Nacido y criado en el barrio más  peligroso de Nueva York, no era fácil ser hijo de un padre nativo con antecesores irlandeses, llegados a la isla de Ellis como inmigrantes buscando los empleos que se les negaban en ultramar, y de una madre japonesa que llegó de niña al país en plena Guerra de Vietnam, donde todo asiático independientemente de su procedencia era un “Charlie”. Con su característico tono de pelo anaranjado los otros niños del barrio le trataban mal por ser diferente, utilizando motes despectivos como “zanahorio”. Esto provocó rápidamente que su personalidad tornara hacia una timidez bañada en una profunda inseguridad, poco ayudada por su complexión delgada, que le llevaba a ser la mascota del más fuerte intentando así evitar el rechazo. Y como un efecto dominó, poco a poco se fue mezclando con las compañías peligrosas típicas del barrio.
Esta situación no fue a mejor cuando, a los 11 años, su padre ingresó en prisión por tráfico de drogas, y su madre empezó a mermar sus atenciones hacia el pobre muchacho, concentrada en encontrar trabajos de mala muerte para evitar la inanición. Esto le llevó a introducirse en la banda de los Demon Bladers, unos salvajes que atracaban a todo el que podían para gastarse las ganancias en un bar con billar. Sin embargo, a David le trataban como al último mono. Era el más joven del grupo y le utilizaban de cebo para atracar a ancianas, que se paraban a auxiliar a lo que creían que era un niño necesitado.
Pero esta situación no pasó de su adolescencia. A los trece años, durante una de las tardes de billares, empezaron a molestar al pequeño pelirrojo, especialmente Turk, el jefe de la banda. Solían hacerlo, pero esa vez fue diferente. Esa vez no se metieron con su pelo. No se metieron con su delgadez. Esa vez se metieron con su padre. Y David estalló en cólera.
De sus dedos índices empezaron a surgir pequeñas ráfagas de energía, de color negro como el carbón en las zonas más densas y del color blanco más puro en los bordes. Estas impactaron en Turk, empujándolo hacia atrás con una potencia fuera de lo común. Todos se quedaron callados, temerosos de lo que acababan de presenciar. Y en aquel momento, la timidez y las inseguridades del joven Stone se disiparon, dando paso a una mirada decidida acompañada de un rencor que vivía dentro de él desde hacía tiempo, pero le era aún desconocido. Tomó el mando de la banda bajo la amenaza de aquel poder que había surgido de sus falanges.
Muchas cosas cambiaron desde ese momento. David tenía una gran habilidad para la organización y los “negocios”, de manera que en un momento se encontraron extorsionando a diferentes tiendas locales y bares, que les pagaban a cambio de que no destrozaran sus establecimientos. Pese a que “el chico de las balas negras” se volvió, cuanto menos, conocido por la zona, los recién denominados “Bullets” eran una banda que mantenía un perfil bajo, ya que nadie se atrevía a nombrarla y mucho menos a denunciarla. David fue entrenando su nuevo poder poco a poco, así como su cuerpo, que pese a que no conseguía volverse musculoso porque su metabolismo no se lo permitía, se mantenía delgado, pero fibroso, lo que le proporcionaba una agilidad digna de un acróbata circense.
Con el paso de los años acabó absorbiendo a todas las bandas de jóvenes locales, convirtiéndolas a todas en una sola, grande y fuerte, de la cual sólo obtenía beneficios. A los quince años, sin embargo, un hecho en su vida provocó un punto de inflexión en sus actividades ilegales, y ese hecho tenía un nombre: Daredevil.
Daredevil, conocido por su patrullaje de las Cocina del Infierno, suele estar muy ocupado con los temas de “héroe adulto” como para percatarse de los problemas ocasionados por unos niños. Sin embargo, cuando una pobre frutera va a pedir ayuda al Despacho de Nelson & Murdock por sus más que conocidas “relaciones” con Daredevil, el Hombre sin Miedo no tuvo más remedio que investigar el asunto.
Descubrió a la organización “Bullets” con relativa dificultad; nadie soltaba prenda sobre el tema. Pero una vez consiguió que un matón del tres al cuarto hablara, no tardó demasiado en infiltrarse y llegar a David. Aún corren leyendas sobre aquella pelea. Dicen que las acrobacias entre ambos eran dignas de un espectáculo y que las balas oscuras que salían de aquellos dedos eran esquivadas muy por los pelos por parte del héroe carmesí. Pero la realidad fue que, pese a estar en buena forma y tener una puntería sublime, David fue derrotado de forma relativamente fácil por Daredevil.
Pero en vez de presentárselo a las autoridades, el experimentado héroe decidió entrenar a aquel chico lleno de potencial, intentando sacarlo del mundo de sombras en el que se había metido. Entrenaron duramente, pero Daredevil se mudó a San Francisco, y no le quedó más remedio que dejar a su pupilo bajo las manos de Banner, añadiéndole a ese proyecto de jóvenes con poderes que estaban organizando. Lo que el abogado ciego no pudo prever fue el peligro que se cernía sobre la Academia de Superhumanos Robert Reynolds. Pero ahora ya era muy tarde.

-¿Vamos a empezar o qué? -manifestó su impaciencia el pelinaranja.
-Antes de nada vamos a darte tu uniforme -le dijo Pantera Negra.
Durante la primera semana de preparación antes del primer combate contra los Elegidos de Verethragna, nueve de los diez escogidos entre los alumnos pasaron por Lauren Olsen, que era la décima alumna que se iba a enfrentar a ellos, para sus uniformes de batalla en base a sus gustos. Tras esas reuniones les pasaba los diseños a los armeros wakandas de T’Challa, que los reproducían a la vez que los preparaban para el combate, con aleaciones de vibranium complementadas con la tecnología de moléculas inestables de los Cuatro Fantásticos, que también brindaron sus conocimientos a la causa.
En el caso de David, el diseño que había escogido consistía en un conjunto de color negro formado por unos pantalones ajustados y una chaqueta recta, cerrada por delante mediante unos redondos botones dorados, lo que le daba un aspecto muy parecido a los uniformes de los estudiantes japoneses que veía en sus anime favoritos, exhibiendo el orgullo que, pese a las inatenciones de su madre, sentía por sus raíces asiáticas y las artes marciales en las que planeaba volverse experto con el paso de los años.
-También te hemos diseñado este aparato. Póntelo en la oreja y presiona el botón -continuó el monarca.
Así lo hizo, y una pantalla holográfica se desplegó sobre su ojo izquierdo. Se trataba de una interfaz cuyo objetivo era el de ayudarle a apuntar. Indicaba distancias a objetivos y movimientos posibles de los mismos en el tiempo. David torció el gesto, con una expresión aún más huraña de la que solía tener habitualmente. Se giró hacia un árbol que se encontraba detrás de él. Disparó tres veces por su dedo. Consiguió únicamente acertar con el segundo de ellos. Sin dirigir una sola palabra a ninguno de los wakandas que le habían vestido, desactivó el visor, se lo quitó y lo tiró al suelo, aplastándolo con su pie derecho. A continuación, apuntó de nuevo al árbol, cerrando su ojo izquierdo, cosa que le ayudaba a apuntar, y disparó otras tres veces. Acertó las tres, en el mismo punto en el que había impactado el segundo de la tanda anterior, provocando que en ese punto entrara en llamas, unas preciosas llamas azules.
-Creo que estoy preparado.
Y sin más dilación, se dirigió a la zona que se había preparado para las batallas.
-También podía habérnoslo devuelto y punto, cuesta un pico -murmuró uno de los científicos de la corte, una vez se alejó el chico.


La zona de batalla se encontraba a las afueras del campus, en un claro del bosque que protegía al conjunto de edificios destinados a fines didácticos. Se trataba de una zona del tamaño de un campo de fútbol a ojo y en una de sus “bandas” se encontraba un cubículo con forma de caja de zapatos de aspecto cristalino. Se trataba de unas gradas destinadas a la visión clara de los combates que a su vez protegía a los espectadores potenciales de los daños colaterales que puedan ser producidos por ellos. Estas usaban la tecnología de la sala de entrenamientos unida a aquella pantalla cristalina que únicamente dejaba entrar el aire.
Todo estaba preparado para comenzar el duelo. El Mandarín se colocó en un extremo del campo y David en otro.  El alumnado se situó dentro del cubículo. T’Challa y Banner pretendían quedarse fuera de la misma. Flotando detrás de ellos descendió Kingpin.
-Os recomiendo quedaros con vuestros alumnos dentro, Bruce. Ya sabéis que si os inmiscuís destruiremos todo.
T’Challa estaba a punto de decir algo cuando Bruce dio un paso adelante y se encaró con la mole de 200 kilos maestra del crimen organizado.
-Mira, Fisk, como uno solo de mis alumnos no salga de esta ningún poder de ningún dios podrá pararme de ir y sacarte los órganos internos uno a uno con los dientes  mientras sigues consciente. Me he enfrentado antes a dioses y según me han contado, si me vieran por la calle cruzarían la acera sin mirar.
Un brillo verde podía atisbarse en el blanco de los ojos del director. Wilson Fisk no es un hombre que se deje amedrentar, pero no es un idiota.
-No hemos venido a demostrar nuestra obvia superioridad con estos críos, doctor Banner, también estamos siendo obligados a hacer esto, en cierto modo. Pero no venimos a ensañarnos. Yo mismo pondré ese límite a mis compañeros. Ahora métete en las gradas.
Se sostuvieron la mirada unos segundos. Por la espalda de Kingpin una pequeña gota de sudor descendía poco a poco, mientras que la vena en la frente del director se deshinchaba levemente. Este se metió en el graderío junto con el monarca africano.
En el campo, el Mandarín se dirigió a David.
-¿Y bien? ¿A quién me enfrento hoy? ¿Tienes un epíteto por el que pueda referirme a ti en el campo de batalla, mocoso?
El pelirrojo se quedó pensativo un breve instante.
-Dark Bullet. Me llamo Dark Bullet.

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